Aprendizaje de vida

El Maestro

marzo 18, 2014

El Maestro
Un anciano tenía fama de sabio y la gente acudía a él en busca de ayuda o de consejo. Y cuando un forastero preguntaba por qué le decían maestro, en qué consistía la sabiduría, o qué ciencia dominaba ese hombre que parecía un humilde campesino, la gente no sabía muy bien qué responder. 


‚Äď Es un hombre feliz, vive en paz con todos, era una de las t√≠midas respuestas.

 

Un joven que escuch√≥ hablar de √©l y que ansiaba adquirir conocimientos, se present√≥ una noche para pedirle que le ense√Īara. El anciano se sorprendi√≥ del pedido, pero acept√≥ con entusiasmo. Hac√≠a muchos a√Īos que viv√≠a solo y le gust√≥ la idea de tener a alguien con quien compartir su tiempo nuevamente.

 

A la ma√Īana siguiente, se levantaron y prendieron el fuego para calentar agua y cocinar el pan que hab√≠an dejado preparado la noche anterior. Mientras esperaban que el desayuno estuviera listo, el maestro se sent√≥ en un banquito y se puso a contemplar por la ventana. El disc√≠pulo, parado detr√°s de √©l, trataba de poner la mirada en el mismo lugar que el maestro, para descubrir qu√© estaba mirando tan concentrado. Por la ventana s√≥lo se ve√≠a el campo, flores silvestres, el gallinero y los perros recibiendo los primeros rayos del sol.

 

A los pocos minutos, el joven se aburrió y se fue a sentar. Tomó un libro de su mochila y comenzó a leer. Sin embargo, a cada momento se distraía y pensaba cómo el maestro podía perder el tiempo sin hacer nada. Cuando el olor a pan inundó la habitación, el maestro se levantó, preparó el te, colocó dos jarros sobre la mesa y el pan sobre una servilleta. Se sentó, indicó, con un gesto de su mano, al discípulo que hiciera lo mismo y comenzó a comer el pan cortándolo en pedacitos y mojándolos en el té caliente.

 

El disc√≠pulo estaba asombrado: el maestro se hab√≠a olvidado de agradecer la comida. Sin disimular y para que el otro se diera cuenta de su error, agach√≥ la cabeza durante unos instantes como si estuviera rezando. Despu√©s, comenz√≥ a comer. Cuando terminaron el desayuno, colocaron cada cosa en su lugar y el maestro le pregunt√≥ al joven de qu√© quer√≠a conversar. En el instante en que le iba a contestar, se abri√≥ la puerta de golpe y entr√≥ un ni√Īo corriendo:

 

‚Äď Maestro, maestro, mire el pescado que saqu√© del agua, hoy vamos a comer como reyes.¬†

 

El maestro se levant√≥, aplaudi√≥ la haza√Īa del ni√Īo y se ofreci√≥ para ayudarlo a limpiar el pescado. Mientras tanto, le pregunt√≥ por toda la familia, y le explic√≥ varias maneras de cocinarlo. Antes de que se fuera, le regal√≥ un peque√Īo recipiente con un condimento especial para darle m√°s sabor a la preparaci√≥n.

 

El discípulo estaba asombrado y desconcertado. Ya había pasado más de medio día y no había aprendido nada. 

 

A partir del momento en que el ni√Īo dej√≥ la casa, cada vez que el maestro se iba a poner a conversar con √©l, alguien del pueblo interrump√≠a la conversaci√≥n. Iban a pedirle algo o a llevarle un peque√Īo regalo -una papa, una planta de lechuga, un zapallito-, como agradecimiento por alguna ayuda que √©l les hab√≠a dado. Pas√≥ el d√≠a y anocheci√≥.

 

El maestro cortó las verduras y puso el caldo en el fuego, mientras amasaba con mucha dedicación el pan para el otro día. Comieron y se fueron a dormir. 

 

Los d√≠as siguientes fueron m√°s o menos similares: pasaban las horas yendo de un lugar a otro, ayudando o visitando a las personas del pueblo; trabajaban la peque√Īa huerta; alimentaban a las gallinas y juntaban los huevos que regalaban al que los necesitaba. Una noche, entre la respiraci√≥n profunda del maestro y la bronca acumulada por no aprender nada nuevo, el disc√≠pulo daba vueltas en la cama sin poder dormir.¬†

 

No sabía si irse o quedarse. Por fin, casi entrada la madrugada decidió probar durante un día más. Al amanecer, el maestro se levantó, se desperezó y comenzó a prender el fuego para el desayuno. 

 

Puso el agua a calentar, el pan a cocinar, y se sentó en el banquito a mirar por la ventana. 

 

Así lo encontró el joven cuando despertó. Se dio cuenta de que todo iba a seguir igual que los días anteriores. Al enojo que había acumulado se le sumó el mal dormir y estalló:

 

‚Äď ¬°Yo vine a buscar sabidur√≠a, a entender las cosas de la vida, a aprender a vivir mejor, y lo que me encuentro es alguien con una vida com√ļn, dir√≠a que vulgar, que ni siquiera es capaz de tener un momento para reflexionar y agradecer al creador por todo lo que recibi√≥ de √©l!

 

El maestro lo miró con los ojos tristes; una expresión que nunca antes le había visto. Y le contestó:

 

‚Äď Cuando contemplo la ma√Īana por la ventana, veo las flores, huelo su perfume y de esa manera, usando mis ojos y mi olfato para gozar de lo que Dios hizo para nosotros, lo alabo. El campo y el gallinero, son los que nos ofrecen la comida de cada d√≠a y, al mirarlos, no me queda m√°s que agradecer por la vida. Los perros descansando me recuerdan que pasaron toda la noche en vela cuid√°ndonos mientras dormimos.

 

Esto me lleva, necesariamente, a agradecer a Dios que en todo momento y sin descansar tiene sus ojos puestos en nosotros para acompa√Īarnos, para cuidarnos y para hacernos felices. Eso me llena de alegr√≠a y paz. Ya no necesito nada m√°s, porque estoy seguro de que Dios est√° conmigo.

 

Cada persona que golpea mi puerta me hace sentir √ļtil, necesario, querido. Cada vez que recibo un peque√Īo regalo de la gente humilde de la aldea, siento que es Dios mismo que me lo da, sirvi√©ndose de las manos de los dem√°s y me recuerda, as√≠, que no soy el √ļnico que puede dar.¬†

 

El discípulo estaba tan enojado que casi no escuchó las palabras del anciano. Agradeció, por educación, el hospedaje y volvió a su pueblo, olvidándose por mucho tiempo de lo que el maestro le había dicho. 

 

Allí, conoció una chica de quien se enamoró. Se casaron y formaron una familia. 

 

Cierto día, al volver de trabajar en el campo, vio desde lejos a sus hijos jugando. Se acercó despacio y desde atrás de un árbol se quedó mirando. Así lo descubrió su esposa que le preguntó:

 

‚Äď ¬ŅQu√© est√°s haciendo ac√°? ¬ŅQu√© hac√©s mirando a los ni√Īos jugar?

 

‚Äď Estoy mirando la maravilla m√°s grande que Dios nos ha regalado, estoy alab√°ndolo mientras escucho sus gritos y sus cantos, estoy dando gracias por el trabajo que me permite traerles todo los d√≠as un pedazo de pan, y estoy dando gracias a Dios, porque si yo, que soy muy d√©bil, cuido de ellos y me preocupo, cu√°nto m√°s √©l con todo su poder y su inmenso amor.¬†

 

Ese día el hombre recordó las palabras de su maestro y entendió.

 

María Inés Casalá

 

 

Para reflexionar (Don de Entendimiento) :

 

¬ęHace falta el estudio y hace falta la meditaci√≥n; pero, sobre todo, hace falta la confianza de dejarse sorprender por el Esp√≠ritu en rincones llenos de promesa. Si el don de la sabidur√≠a es ¬ęgustad¬Ľ, el de entendimiento es ¬ęved¬Ľ. Ver con los ojos de Dios, entender con su mente, contemplar con su Esp√≠ritu. Reconocer la mano de Dios donde otros s√≥lo ven circunstancias humanas, descubrir providencia en la historia, y amor en el sufrimiento¬Ľ¬†

Carlos G. Vallés

 

El joven había aprendido a vivir. Sabía disfrutar. Estaba feliz con la familia que había constituido, pero le faltaba algo más, que no podía alcanzar por su propia voluntad, buscándolo a la fuerza. 

 

Entender el por qué de las cosas de la vida, descubrir la presencia de Dios permanentemente a su lado, es algo que viene del Espíritu.

 

Es él quien da el entendimiento para descubrir lo trascendente.

 

 

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